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NOTAS DE CAMPO DE UN FOTÓGRAFO DE NATURALEZA, OBSERVACIONES DE LA FAUNA IBÉRICA
Con el paso de los años, cada vez me gusta más mirar y releer aquellos cuadernos que llevaba en la mochila, entre el equipo fotográfico y la comida, en los que plasmaba observaciones, datos y pensamientos dentro de la soledad de los hides. Gracias a ellos, ahora puedo recordar dónde, cómo y de qué manera hice ciertas fotos, cómo y donde localicé a las distintas aves, qué experiencias tuve cuando trabajaba con ellas y qué objetivos, flashes y películas utilicé, incluso a la distancia que las fotografiaba, a la velocidad que disparaba y con qué diafragmas obtenía los mejores resultados, resultados que no se podían ver de manera inmediata como ocurre ahora con el bienvenido y siempre agradecido sistema digital.
Algunos cuadernos desgraciadamente los he perdido, cosa que me sorprende puesto que soy bastante metódico y confieso que quizá exageradamente ordenado y, aún así, se han quedado por algún rincón de la vida o extraviados en el trasiego de obligadas mudanzas. Varias de las páginas de los cuadernos que he logrado conservar, algunos con más de 20 años, las publico para los fotógrafos que pudieran sentir cierta curiosidad, con sus tachones y rectificaciones originales, pero sin pretensiones de ningún tipo. En cierto modo, simplemente para dar a conocer unos escritos personales que, con el tiempo, deseo que dejen ya de serlo.
José Luis G. Grande

Estos apuntes los tomaba frente a un nido de águila real en la Sierra de Gredos, dentro de un hide hecho con piedras y cubierto con vegetación de la zona. Hasta llegar a este lugar había que caminar durante algo más de dos horas y media, con el equipo fotográfico, trípodes, comida para tres días (también algo de wisqui, claro, para hacer llevadera la estancia, el agua lo daba la sierra), y lo necesario para dormir y refugiarme de la lluvia.
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Pocos días después estuve trabajando con otra pareja de águila real de la Sierra de la Alberquilla, allá por los Montes de Toledo. La página derecha corresponde a las notas de aquellos días.

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En esta ocasión trabajaba con una pareja de azores de la provincia de Ávila. Había colocado el hide frente al nido, sobre una torreta de hierro. El nido estaba en un gran pino, en el centro y junto al tronco guía, como es habitual que lo instalen. Impresionante pájaro el azor, con esos ojos de fuego, insultantemente bellos. Su plumaje, espeso, compacto, limpio, perfecto y elegante, brillaba con el roce de algunos rayos de sol que se colaban por la espesa copa del pino; su pecho estriado sobre un blanco níveo parecía la coraza de un caballero medieval. Tenerlo a poco más de siete metros de distancia y verlo cómo despluma y despedaza las presas me produjo sensaciones de auténtica emoción.



En la copa de un enorme pino hizo el nido esta pareja de águilas culebreras. Tuvimos que montar 10 m de torreta para que pudiéramos tener una buena visión de la zona superior del nido. Desde el hide dominábamos un vasto territorio del valle del Tiétar. Veíamos llegar al águila desde lejos, hermosamente blanca, parecía una cometa de nieve jugando con el viento del valle...dejándose llevar aparentemente a la deriva, como una estrella errática, disfrutando como nadie del don del vuelo y el dominio del espacio de su extenso territorio.



En 1991 fotografié por primera vez el elanio azul. El nido, que descubrí junto a mi viejo amigo Luis Cuaresma, estaba en una encina a poco más de 5 metros de la cuneta de una carretera local de la provincia de Toledo, y allí monté una torreta de 6 metros de altura con el hide. Me hubiera gustado saber lo que pensaba la gente que viajaba en los coches que pasaban por allí al ver tal "parapeto". Sobre todo los que coincidieran con el destello del flash al disparar las fotos. Posteriormente me enteré que hubo alguien que creyó que era la guardia civil haciendo fotos a los que iban a más velocidad de la que correspondía. Tuvo gracia la cosa. Y yo disfrutando de la genuina belleza de este pájaro con los ojos como rubíes. Cerniéndose sobre la verde alfombra de abril, de las siembras cerealistas de la dehesa, para controlar los roedores. Parecía un copo de plata colgado del cielo...pero era un ángel de la muerte para los ratones, hasta 9 en una tarde ví capturar a la pareja. Más que ángeles, menudos diablillos...



El águila calzada es el ave de presa más agradecida para los fotógrafos de naturaleza. De la mañana a la tarde se adapta al hide como si hubiera pertenecido a su entorno durante toda la vida. El día que reflejan las notas ya estaba el pollo muy grande y comía solo. Las primeras 3 semanas las hembras pasan muchas horas en el nido, o todo el día si los pollos son pequeños, y hasta se echan plácidas siestas junto al pollo, que no las altera ni los ronquidos del fotógrafo aburrido cuando también "echa una cabezadita".
Al mismo tiempo que trabajaba con el águila calzada, alternaba con el gavilán.

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En un bello bosque caducifolio de fresnos, alisos, robles y hojaranzos criaban y crían todos los años una pareja de gavilanes. Elegían los árboles más altos pero ese año decidí que les haría fotos. Mi trabajo me costó, con la ayuda de Gustavo, otro amigo fotógrafo, a montar una torreta de 17 metros. El nido estaba como a 20 m del suelo pero aprovechando el desnivel de la ladera conseguimos ponernos a la misma altura del punto de cría de esta pareja de "terrores del bosque". Los defino así porque pájaro que entra en la floresta de su "domicilio", pájaro que acaba entre las afiladísimas garras de esta fiera emplumada del bosque. Se atreve, incluso, a atacar a las urracas, que son de su mismo tamaño. Mejor dicho, del de las hembras, porque el macho es más pequeño. Lo he presenciado desde el hide de los carroñeros, dió más de una docena de pasadas a las urracas y, aunque no logró hacerse con ninguna por el tamaño, me pareció impresionante el arrojo de esta fierecilla de ojos ambarinos y agresivos.


En 1988 trabajé con esta pareja de halcones abejeros. Especie muy tardía en la reproducción que permite aprovechar los meses de primavera con otras y, finalmente, acabar la temporada con esta rapaz si es que el infernal calor de julio permite desarrollar el reportaje adecuadamente. Por otro lado, son aves muy adpatables a hide, con las que el fotógrafo disfruta especialmente. Su especialidad de localización de avisperos todavía me resulta sorprendente. Cuando los pollos abandonan el nido, los adultos les siguen dejando allí la comida y vuelven durante semanas en cuanto ven a alguno de sus progenitores que se acerca a él. Hasta tal punto atienden a sus jóvenes que este nido llegó a tener una auténtica montaña de cientos de avisperos encima con el aporte que hicieron. De hecho, finalmente ya rodaban y caían al suelo, lugar al que el pollo bajaba a comerse las larvas.













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